Murió una noche de lunes, mientras afuera llovía sobre los tejados.
Antes de acostarse había puesto la mesa para dos, como hacía desde hacía años.
Dos platos, dos vasos, dos servilletas cuidadosamente dobladas. Luego cerró las
ventanas y dejó una luz encendida en el recibidor. A la mañana siguiente, el
café permaneció intacto y el teléfono no sonó.
Pasaron los días. Nadie llamó. La casa conservó sus rutinas: el reloj
siguió dando las horas, una gotera comenzó a llenar lentamente un balde y el polvo
fue cubriendo los muebles. Solo la mesa permaneció puesta, como si alguien
fuera a llegar en cualquier momento.
Una tarde, alguien llegó hasta la puerta. No llamó de inmediato. Miró la fachada, las ventanas, el jardín vencido por la maleza. Parecía buscar en aquella casa algo que recordaba y, al mismo tiempo, temía encontrar. Finalmente golpeó y esperó. Al no obtener respuesta, volvió a golpear, esta vez con más fuerza. El silencio pareció extenderse hasta la calle. Entonces se acercó a una ventana y limpió con la manga un círculo sobre el vidrio. Dentro, la mesa seguía preparada para dos que nunca se volvieron a encontrar.

Cuando los tiempos de uno no coinciden con los del otro suelen darse los peores dolores.
ResponderBorrarSaludos,
J.