Cuando
terminó la visita, se despidieron de los dueños de la casa. Por el entusiasmo
de la tía soltera y fisgona, cayeron en la cuenta de que los dos caminaban
hacia la salida muy juntos, como en los primeros galanteos y en los pasos iniciales
de un romance: las manos se buscan sin atreverse del todo, los brazos se rozan
y las miradas se encuentran en silencio.
Nadie
quiso romper el momento. La tía sonrió con malicia; los dueños intercambiaron
una mirada cómplice.
Solo al cerrar la puerta recordaron —demasiado tarde— que habían llegado así, tomados de la mano, para acompañarse al entierro del marido de ella.
