El viernes nos creíamos algo; el lunes, una coartada.
El viernes se iba rápido, como
si el tiempo los empujara. No había maletas: solo una mirada, un adiós
apremiante, un guiño automático de quien ya está llegando a otra parte. Antes
de irse, él se acercaba y le hablaba al oído, no para confundirla, sino para
hacerla estremecer.
Ella tan solo alcanzaba a reaccionar
diciéndole:
—Déjame un beso que me dure
hasta el lunes.
Aquella petición suya no era un consuelo
ni una despedida: era pacto. Algo que debía sostenerse a distancia, como una
promesa mal formulada. A veces se buscaban con alguna excusa para quedarse un
poco más: un café innecesario, un informe de último momento, la ilusión de que
el tiempo podía aplazarse.
El fin de semana no traía
descanso. Era un territorio sin pruebas donde el beso se gastaba de tanto
pensarlo. Servía para callar las sospechas, para llenar el silencio que dejaba
la ausencia, para creer que el lunes sería regreso y no repetición.
Con el tiempo, él entendió que
el encuentro prometido era la forma más cuidadosa del engaño: no mentía el
beso, mentía lo que esperaban de él.
El lunes llegaba. Y entonces entendían que el beso no había sido para durar, sino para ensayar la pregunta de siempre: cuánto se habían extrañado el fin de semana.

Interesante relato, una relación intermitente, por una incógnita que se imagina.
ResponderBorrarSaludos.