NO COPIES, SÉ AUTÉNTICO
sábado, 17 de enero de 2026
El viento ya no juega
sábado, 10 de enero de 2026
Hasta el lunes
El viernes nos creíamos algo; el lunes, una coartada.
El viernes se iba rápido, como
si el tiempo los empujara. No había maletas: solo una mirada, un adiós
apremiante, un guiño automático de quien ya está llegando a otra parte. Antes
de irse, él se acercaba y le hablaba al oído, no para confundirla, sino para
hacerla estremecer.
Ella tan solo alcanzaba a reaccionar
diciéndole:
—Déjame un beso que me dure
hasta el lunes.
Aquella petición suya no era un consuelo
ni una despedida: era pacto. Algo que debía sostenerse a distancia, como una
promesa mal formulada. A veces se buscaban con alguna excusa para quedarse un
poco más: un café innecesario, un informe de último momento, la ilusión de que
el tiempo podía aplazarse.
El fin de semana no traía
descanso. Era un territorio sin pruebas donde el beso se gastaba de tanto
pensarlo. Servía para callar las sospechas, para llenar el silencio que dejaba
la ausencia, para creer que el lunes sería regreso y no repetición.
Con el tiempo, él entendió que
el encuentro prometido era la forma más cuidadosa del engaño: no mentía el
beso, mentía lo que esperaban de él.
El lunes llegaba. Y entonces entendían que el beso no había sido para durar, sino para ensayar la pregunta de siempre: cuánto se habían extrañado el fin de semana.
sábado, 3 de enero de 2026
La cadena
El perro se llamaba Coronel. Vivía atado a un poste, detrás de la cocina. Era negro, de gran tamaño, de ojos amarillos atentos. Enseñaba los dientes a los extraños como quien cumple una tarea antigua. Cada día recibía un plato abundante de sopa de maíz con vísceras, que comía despacio, sin levantar la mirada.
Nunca rompió la cadena, aunque podía. Nunca atacó sin razón. En él, la fuerza no humillaba ni la valentía buscaba sangre: tenía todas las virtudes del hombre y ninguno de sus vicios.
Los viejos murieron. La casa quedó vacía. Nadie soltó al perro guardián. Podía romper la cadena. No lo hizo. Podía morder. No lo hizo. Podía irse. No lo hizo. Coronel siguió cuidando la casa.
La cadena también.
sábado, 27 de diciembre de 2025
El cliente perfecto
—¡Chef! El de la mesa cuatro acaba de pedir "Comida para llevar" —gritó el mesero desde la barra.
El chef afiló su cuchillo con una sonrisa gélida mientras miraba al cliente, un hombre de unos cien kilos y aspecto saludable.
—Perfecto. Avísale que su pedido estará listo en diez minutos —respondió el chef—. Y dile que pase a la cocina para su preparación. Es una pena perder a un cliente tan generoso, pero nos faltaba lomo para el especial de Navidad.
domingo, 21 de diciembre de 2025
A g R a D e C i M i E n T o
sábado, 20 de diciembre de 2025
Cuando se podía decir basta
La piqueta quedó apoyada contra el muro del campamento, manchada de tierra y de algo más espeso que nadie quiso nombrar. Yo la levanté cuando aún estaba tibia. Pesaba como si guardara dentro el cansancio de todos.
—Llévasela al supervisor —me dijo—. Dile que ya cumplí. Luego repitió, como si una sola frase no bastara para huir:
—Dile por qué me voy.
Era un hombre señalado. No por delito, sino por no saber detenerse. El jefe del frente pronunciaba su nombre como se anuncian los derrumbes. Las esposas estaban listas antes de que llegara al túnel; abiertas, seguras, sin apuro.
Yo vi cuando se las pusieron. Vi cómo la cadena le enseñó a caminar distinto.
Trabajó como trabajan los que no esperan absolución: no para vivir, sino para terminar. Cada golpe era una renuncia más. Al valle. A la casa que decía recordar. A la posibilidad de volver entero.
Cuando cayó, nadie gritó. El silencio fue tan exacto que supimos que algo había terminado para siempre. Después preguntaron quién fue. Yo entregué el hierro. No dije nada. Nadie preguntó. Los hombres señalados aprenden pronto que el silencio también aprieta.
Desde entonces no duermo. Porque yo también quedé marcado. No por lo que hice, sino por no haber dicho basta. No fue la herramienta. No fue el jefe. No fue la piedra. Fui yo, que seguí pasando la piqueta cuando ya no quedaba mundo del otro lado.
viernes, 12 de diciembre de 2025
Anomalía textil
I
En la camisa del hombre sentado delante de mí, los rostros no eran dibujos: eran vigilias. Al moverse la tela, las Medusas giraban apenas la mirada, hambrientas de un alma distraída. No petrificaban. Peor: recordaban cada miedo que yo quería olvidar. Esa mañana descubrí que una de ellas —la invertida— sonreía. No a mí, sino al momento exacto en que la camisa empezaría a usarme a mí.
II





