Te amé como un hombre ama a una mujer a la que
nunca toca: solo le escribe, tiene pequeñas fotografías de ella. Nuestro amor
no era un asunto de cuerpos, sino de caligrafía y esperas. Durante años, nos
enviamos sobres que cruzaban el océano cargados de confesiones que jamás nos
atreveríamos a decir en voz alta. Yo conocía el ritmo de tu pensamiento, la
curva de tu letra «g» y el grano de las tres únicas fotografías que me habías
enviado; las guardaba en mi cartera como quien custodia un fragmento del Arca
de la Alianza. Habíamos jurado, en un pacto tácito de supervivencia emocional,
que el papel era nuestro único territorio seguro. Sabíamos que la piel es
traicionera, que el aliento envejece y que la mirada directa puede marchitar el
misterio.
Pero el destino no entiende de metáforas. Aquella
noche, en esa fiesta a la que ninguno quería ir, el azar movió sus hilos con
una crueldad geométrica. Alguien pronunció mi nombre y, al girarme, el mundo de
papel se incendió. Allí estabas tú. No eras la imagen estática de mis retratos
de sepia, sino un volumen tridimensional que ocupaba un espacio físico, que
desplazaba el aire, que olía a algo tan terrenal como el perfume y el vino.
Cuando el anfitrión nos presentó con una ligereza
insultante, como si fuéramos dos desconocidos, el pánico me inmovilizó. No supe
qué hacer con mis manos; me parecieron apéndices inútiles, torpes herramientas
de carne que no tenían permiso para rozar la divinidad que yo mismo había
construido. Me pareció una falta de respeto absoluta que fueras real, que
tuvieras poros, que parpadearas. En ese instante, comprendí que prefería tu
ausencia escrita a tu presencia sólida, porque la mujer que yo amaba no podía
ser tocada sin romperse.
