NO COPIES, SÉ AUTÉNTICO

sábado, 7 de marzo de 2026

El Pacto

 



Te amé como un hombre ama a una mujer a la que nunca toca: solo le escribe, tiene pequeñas fotografías de ella. Nuestro amor no era un asunto de cuerpos, sino de caligrafía y esperas. Durante años, nos enviamos sobres que cruzaban el océano cargados de confesiones que jamás nos atreveríamos a decir en voz alta. Yo conocía el ritmo de tu pensamiento, la curva de tu letra «g» y el grano de las tres únicas fotografías que me habías enviado; las guardaba en mi cartera como quien custodia un fragmento del Arca de la Alianza. Habíamos jurado, en un pacto tácito de supervivencia emocional, que el papel era nuestro único territorio seguro. Sabíamos que la piel es traicionera, que el aliento envejece y que la mirada directa puede marchitar el misterio.

Pero el destino no entiende de metáforas. Aquella noche, en esa fiesta a la que ninguno quería ir, el azar movió sus hilos con una crueldad geométrica. Alguien pronunció mi nombre y, al girarme, el mundo de papel se incendió. Allí estabas tú. No eras la imagen estática de mis retratos de sepia, sino un volumen tridimensional que ocupaba un espacio físico, que desplazaba el aire, que olía a algo tan terrenal como el perfume y el vino.

Cuando el anfitrión nos presentó con una ligereza insultante, como si fuéramos dos desconocidos, el pánico me inmovilizó. No supe qué hacer con mis manos; me parecieron apéndices inútiles, torpes herramientas de carne que no tenían permiso para rozar la divinidad que yo mismo había construido. Me pareció una falta de respeto absoluta que fueras real, que tuvieras poros, que parpadearas. En ese instante, comprendí que prefería tu ausencia escrita a tu presencia sólida, porque la mujer que yo amaba no podía ser tocada sin romperse.