NO COPIES, SÉ AUTÉNTICO

sábado, 17 de enero de 2026

El viento ya no juega

 



El viento ya no juega:
palpa.

Se mete bajo el vestido
como una mano sin peso,
lo levanta con decisión breve
y deja ver
la prenda mínima
aferrada a su cuerpo,
una franja de tela
que no cubre:
acompaña.

La piel responde.
No hay escándalo,
hay pulso.
El muslo se tensa,
la pierna avanza,
el cuerpo recuerda
que caminar
también es una forma
de ofrecerse al mundo.

La tela sube más de lo justo.
El aire roza,
se demora,
aprende la temperatura
exacta del deseo.
No toca —
pero casi—
y en ese casi
arde todo.

Ella no se detiene.
Deja que el viento haga
lo que sabe hacer:
decir con el cuerpo
lo que la boca calla.
El vestido cae,
vuelve a subir,
late.

Luego pasa.
Como pasan las cosas
que no piden permiso
y por eso son verdaderas.

El viento sigue su camino.
Ella también.
En el aire queda
una certeza animal:
el deseo no necesita más
que un segundo de piel
expuesta al mundo.


sábado, 10 de enero de 2026

Hasta el lunes

 


                                                             El viernes nos creíamos algo; el lunes, una coartada.

El viernes se iba rápido, como si el tiempo los empujara. No había maletas: solo una mirada, un adiós apremiante, un guiño automático de quien ya está llegando a otra parte. Antes de irse, él se acercaba y le hablaba al oído, no para confundirla, sino para hacerla estremecer.

Ella tan solo alcanzaba a reaccionar diciéndole:

—Déjame un beso que me dure hasta el lunes.

Aquella petición suya no era un consuelo ni una despedida: era pacto. Algo que debía sostenerse a distancia, como una promesa mal formulada. A veces se buscaban con alguna excusa para quedarse un poco más: un café innecesario, un informe de último momento, la ilusión de que el tiempo podía aplazarse.

El fin de semana no traía descanso. Era un territorio sin pruebas donde el beso se gastaba de tanto pensarlo. Servía para callar las sospechas, para llenar el silencio que dejaba la ausencia, para creer que el lunes sería regreso y no repetición.

Con el tiempo, él entendió que el encuentro prometido era la forma más cuidadosa del engaño: no mentía el beso, mentía lo que esperaban de él.

El lunes llegaba. Y entonces entendían que el beso no había sido para durar, sino para ensayar la pregunta de siempre: cuánto se habían extrañado el fin de semana.

sábado, 3 de enero de 2026

La cadena


El perro se llamaba Coronel. Vivía atado a un poste, detrás de la cocina. Era negro, de gran tamaño, de ojos amarillos atentos. Enseñaba los dientes a los extraños como quien cumple una tarea antigua. Cada día recibía un plato abundante de sopa de maíz con vísceras, que comía despacio, sin levantar la mirada.

Nunca rompió la cadena, aunque podía. Nunca atacó sin razón. En él, la fuerza no humillaba ni la valentía buscaba sangre: tenía todas las virtudes del hombre y ninguno de sus vicios.

Los viejos murieron. La casa quedó vacía. Nadie soltó al perro guardián. Podía romper la cadena. No lo hizo. Podía morder. No lo hizo. Podía irse. No lo hizo. Coronel siguió cuidando la casa.

La cadena también.