—Le dije que no iba a venir solo
—murmuró el hombre calvo, inclinándose sobre la mesa.
El joven alzó la vista, tenso.
—Yo cumplí. Traje el dinero. Ahora
díganme dónde está mi hermano.
El anciano de la derecha dio una larga
calada al cigarrillo.
—La juventud siempre confunde pagar
con mandar.
—No jueguen conmigo —replicó el
muchacho, apretando los puños—. Ya hicieron bastante.
El hombre de espaldas acomodó
lentamente los billetes sobre el mantel.
—Falta una parte.
—¡Ahí está todo!
—No —dijo el calvo, casi en un
susurro—. Falta lo más caro: su silencio.
El joven tragó saliva.
—¿Qué quieren que haga?
El anciano sonrió sin alegría.
—Nada heroico. Mañana dirá que nunca
nos vio, que esta noche estuvo en casa y que su hermano se marchó por voluntad
propia.
—Eso es mentira.
—La verdad —intervino el de espaldas—
vale menos que esos billetes.
Hubo un silencio pesado. La lámpara
zumbó sobre sus cabezas.
—Si me niego... —preguntó el joven.
El hombre calvo se enderezó despacio.
—Entonces el próximo asiento vacío en esta mesa será el suyo.

La ley del hampa.
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