El viento ya no juega:
palpa.
Se mete bajo el vestido
como una mano sin peso,
lo levanta con decisión breve
y deja ver
la prenda mínima
aferrada a su cuerpo,
una franja de tela
que no cubre:
acompaña.
La piel responde.
No hay escándalo,
hay pulso.
El muslo se tensa,
la pierna avanza,
el cuerpo recuerda
que caminar
también es una forma
de ofrecerse al mundo.
La tela sube más de lo justo.
El aire roza,
se demora,
aprende la temperatura
exacta del deseo.
No toca —
pero casi—
y en ese casi
arde todo.
Ella no se detiene.
Deja que el viento haga
lo que sabe hacer:
decir con el cuerpo
lo que la boca calla.
El vestido cae,
vuelve a subir,
late.
Luego pasa.
Como pasan las cosas
que no piden permiso
y por eso son verdaderas.
El viento sigue su camino.
Ella también.
En el aire queda
una certeza animal:
el deseo no necesita más
que un segundo de piel
expuesta al mundo.

El viento juguetea, se entretiene y muestra. Luego haya cada uno.
ResponderBorrarSaludos.
Parece que también las fuerzas de naturaleza desean.
ResponderBorrarEl viento sabe lo que hace, por la forma en que ella ha reaccionado.
Saludos.
Por eso son verdaderas.
ResponderBorrarOtro abrazo.
Tu comentario es una fuerte confirmación. Otro abrazo para ti.
Borrar¿Quién lo dijo?: ¡Cómo pinta el deseo los colores de la naturaleza! Saludo amigo.
ResponderBorrar