Terminé convencida de lo normal de la doble relación de mi mamá. Y así se lo conté un día a mi papá, como lo más natural del mundo, tal y como me dijo que escribiera el licenciado Castle en la clase de producción textual; pero como que no le gustó mucho, porque ese fue el día que se marchó de la casa, y sin decirle a ella de lo que hablamos de mi novio.
sábado, 29 de agosto de 2026
miércoles, 26 de agosto de 2026
Contra la sombra
Maldito glaucoma, ¿Quién te dio permiso para instalarte en mis ojos como un huésped que nadie invitó? Llegaste sin anunciarte, sin tocar la puerta, sin siquiera la cortesía de presentarte. Y ahí te quedaste, haciendo de las tuyas, estrechando caminos, apagando luces, convencido de que mis ojos eran territorio abandonado.
sábado, 15 de agosto de 2026
El agua sigue avanzando
El agua ya había llegado al borde del
mantel cuando Juli levantó la cabeza. El vaso empieza a inclinarse.
Nadie alcanza a detenerlo. El agua corre sobre la mesa, rodea el plato, moja la canastilla del
pan, llega hasta el borde del mantel. Juli se queda inmóvil. No intenta recoger
el vaso. No limpia el agua. Levanta la cabeza y busca el rostro de mamá.
Durante
unos segundos, ninguna respira. El agua sigue avanzando con paso parsimonioso.
Mamá también la mira. Después se levanta, toma un trapo, seca la mesa y cambia
el vaso de lugar.
—No
pasa nada —dice.
Juli
baja la mirada. Entonces mamá se sienta otra vez y, mientras exprime el trapo
sobre el fregadero, pregunta:
—¿Hace
cuánto sabes que tu papá no va a volver?
Juli
mira el agua que todavía tiembla entre las vetas de la madera.
—Desde
antes de que se fuera.
El
silencio ocupa la mesa. Mamá deja caer el trapo. Ahora es ella quien no sabe
qué hacer.
viernes, 7 de agosto de 2026
Odiseo
Promesa
rota
Cuando partió a Troya,
juró que no volvería a pisar su hogar. Ahora sabía que tendría que dar
explicaciones.
**
El
desembarco
Tras diez años de
tempestades, Odiseo pisó la arena de Ítaca y descubrió el peor monstruo: era un
extraño en casa.
***
El regreso
Penélope abrió la puerta.
—Has vuelto.
Ulises negó con tristeza.
—Volvió el rey. Yo me quedé perdido en el mar el día en que aprendí a llamarme Nadie.
domingo, 2 de agosto de 2026
Las dos llaves
Durante el primer régimen, el deber de Erik consistía
en lustrar los zapatos de charol de Jensen antes de que este bajara al set de
filmación, y asegurarse de que el filósofo Sten, encadenado en el sótano,
recibiera su ración de sopa rancia. Erik admiraba la dignidad con la que el
prisionero citaba a los estoicos mientras las ratas le rondaban los tobillos.
Por eso, la noche de la gran purga, no le costó trabajo dejar abierta la verja
trasera del palacio. La sangre de Jensen en la bañera pareció, por unas horas,
un acto de justicia poética.
Con la llegada de la República de la Razón, Sten
cambió los harapos por un abrigo gris de corte militar. Dictó el primer decreto
antes del amanecer: se prohibía la carne, el cine de entretenimiento y las
medicinas extranjeras; el dolor corporal, argumentó el nuevo líder, era el
único camino hacia la pureza del espíritu. A los profesionales que protestaron
se les asignó una pala y un destino en los campos del norte.
Cuando Erik se negó a firmar el juramento que obligaba
a los niños a denunciar los hábitos alimenticios de sus padres, Sten lo miró
con la misma serenidad con la que antes recitaba versos. Dos guardias lo
arrastraron al mismo sótano.
Doce años después, los cuarteles volvieron a cambiar
de color tras una revuelta silenciosa financiada por los exiliados del viejo
régimen. Los antiguos torturadores de Jensen recuperaron sus placas y sus
trajes civiles. Hubo amnistía para casi todos, menos para Erik. Su expediente
era un nudo incómodo: los nuevos jueces no sabían si castigarlo por haber
facilitado la muerte del primer tirano o por haberse negado a servir al
segundo.
Ahora, bajo arresto domiciliario en un cuarto sin espejos, Erick escribe notas en los márgenes de los periódicos oficiales. A veces escucha pasos en el techo y cree que las ratas del sótano han aprendido a hablar con la voz de Sten; otras veces, jura que el agua del grifo sale tibia y con olor a jabón de palacio. En la calle, la gente celebra el regreso de la normalidad, mientras él sigue esperando que alguien invente una tercera puerta.
domingo, 26 de julio de 2026
Liquidación de cuentas
El paso en la bodega estaba bloqueado por dos tipos bebiendo sobre cajas de cerveza. Don Raúl pidió permiso; por toda respuesta, recibió un gruñido y, al subir hacia la Gerencia, el golpe seco de una papa podrida contra su bota. Escuchó las risas a sus espaldas, pero continuó el ascenso en silencio.
Arriba, la dueña lo recibió con una sonrisa cálida y anillos de oro en cada dedo.
—¡Traigan cinco cervezas bien frías! ¡Y que sea rápido! —ordenó desde la puerta, para luego volver al escritorio, cruzar la pierna y repasar las cuentas con coqueta lentitud.
Un hombre subió sofocado con la media canasta. La sonrisa servil se le congeló en los labios al cruzarse con la mirada de Don Raúl.
—Le presento a mi esposo —dijo la mujer.
El tipo palideció y estiró una mano temblorosa. Don Raúl no la estrechó: tomó una botella, la destapó con parsimonia y se la vació completa en la cabeza. Sin perder el aire afable, recogió los cheques y el fajo de billetes del escritorio.
—Fue un placer negociar con usted, señora —dijo al salir, dejando a la mujer atónita y al marido goteando espuma sobre la fórmica.
domingo, 19 de julio de 2026
El visitante
Durante cuarenta años
escribió novelas sin descanso. En todas había un hombre que llegaba cuando todo
parecía perdido. No era el protagonista, ni el villano, ni el sabio.
Simplemente aparecía, observaba un instante y encontraba el gesto exacto para
cambiar el rumbo de la historia. Le puso un nombre.
Los lectores lo recordaban
poco. Algunos ni siquiera reparaban en él. Sin embargo, el escritor jamás
iniciaba una novela sin preguntarse en qué momento entraría el personaje por
una puerta, cruzaría una plaza o encendería un cigarrillo antes de pronunciar
una frase que nadie olvidaría. Con los años dejó de inventarlo. Solo esperaba. Se
sentaba frente a la máquina de escribir, colocaba una hoja en blanco y
aguardaba hasta que decidiera aparecer. Entonces escribía.
Cuando el médico le
prohibió seguir trabajando, escondió una libreta bajo la almohada. Las noches
eran largas. El reloj del hospital avanzaba con una paciencia insoportable.
Entre una inyección y otra, movía apenas la mano para anotar una palabra. Una
madrugada abrió los ojos.
—¿Llegó?
La enfermera creyó que
hablaba de un hijo.
—No ha venido nadie.
Él sonrió con cansancio.
—Siempre llega tarde.
Los días comenzaron a
mezclarse. El techo del cuarto se confundía con el cielo de una de sus novelas.
El olor del desinfectante se transformó en el del Jazmín de la India que había
descrito cientos de veces. Los pasos de los médicos sonaban igual que los
cascos de un caballo alejándose por un camino de tierra.
Al anochecer pidió que
dejaran la puerta entreabierta. Nadie entendió por qué. Hacia la medianoche el
pasillo quedó en silencio. Entonces se oyó un golpe suave. La puerta terminó de
abrirse.
Un hombre de abrigo gris
entró sin hacer ruido. Dejó el sombrero sobre la silla y observó al anciano con
una mezcla de afecto y resignación.
—Te demoraste —murmuró el
escritor.
—Esta vez me costó
encontrarte.
El anciano soltó una risa
breve.
—Pensé que habías muerto
conmigo.
El hombre negó despacio.
—Mientras alguien abra uno
de tus libros, seguiré llegando. El escritor cerró los ojos. La respiración se
volvió ligera.
Cuando la enfermera entró
unos minutos después, encontró la habitación vacía de visitas. Solo había una
libreta abierta sobre la cama. En la última página, con una letra insegura, se
leía una única frase:
«Ahora le toca a él contar
mi historia.»
domingo, 12 de julio de 2026
La partitura del silencio
El silencio, para Niccolò, no era la ausencia de sonido; era una tregua.
Durante años, su vida se midió en compases perfectos y aplausos atronadores. Su violín no era un simple instrumento, sino una extensión de su propio sistema nervioso. El problema radicaba en que su sistema nervioso tenía su propia partitura, una caótica y brutal.
La música y la epilepsia compartían el mismo territorio en su cerebro. Al principio, las crisis eran sutiles variaciones, breves silencios en su mente que lograba disimular pestañeando entre movimientos de un concierto de Brahms. Pero con el tiempo, los ataques se volvieron más reiterados, perdiendo la timidez. El diagnóstico médico fue un veredicto definitivo: el esfuerzo cognitivo, la presión de las luces del escenario y la intensidad emocional de la interpretación funcionaban como los detonantes perfectos de una tormenta eléctrica en su cabeza.
El miedo no era a la caída, ni al dolor. El miedo real era el escenario: desplomarse en mitad de un crecendo, romper el Stradivarius contra el suelo de madera pulida y que el último recuerdo que el mundo tuviera de él fuera el de un cuerpo convulsionando bajo el resplandor implacable de los focos de una sala de conciertos. Morir allí, expuesto, convertido en un espectáculo trágico.
Por eso eligió el exilio.
sábado, 4 de julio de 2026
La inmunidad del espectador y la intemperie del creador
Toda época
desarrolla sus propios mecanismos para proteger el gusto. No solo elegimos qué
leer; también levantamos defensas contra aquello que amenaza con alterar
nuestras certezas estéticas. Hay quienes desconfían de determinados géneros;
otros rehúyen ciertas corrientes o modas literarias. Existen incluso quienes
deciden abstenerse, casi por principio, de acercarse a los escritores de su
propio tiempo, como si la contemporaneidad fuera un inconveniente que el paso
de los años habrá de corregir.
Hace poco
asistimos al anuncio de quien declaraba, palabras más, palabras menos, su
decisión de abstenerse de comprar novedades editoriales, especialmente cuando
se trataba de autores contemporáneos aún desconocidos, para concentrar su
tiempo y sus recursos en la lectura de los clásicos. La decisión, considerada
aisladamente, puede parecer razonable. Nadie está obligado a seguir el ritmo
vertiginoso de la industria editorial ni a convertir la compra de libros en una
forma de consumo compulsivo. Sin embargo, cuando esa abstención deja de ser una
elección práctica y comienza a presentarse como un criterio estético, el asunto
adquiere otro significado.
La abstención
opera entonces como una verdadera profilaxis del gusto. No se trata ya de
administrar mejor el tiempo o el dinero, sino de inmunizar el juicio frente a
la incertidumbre de la literatura viva. Se presupone que el presente constituye
un territorio sospechoso, mientras que el pasado ofrece la tranquilidad de lo
ya probado. La obra contemporánea comparece bajo sospecha; el clásico, en
cambio, llega precedido por el aval de generaciones enteras.
Sin embargo,
el gusto no se fortalece únicamente por aquello que confirma sus preferencias.
También madura cuando acepta el riesgo de enfrentarse a lo incierto. Leer
consiste, en buena medida, en exponerse a la posibilidad del error. Quien
pretende eliminar por completo ese riesgo quizá preserve la comodidad de sus
convicciones, pero difícilmente conservará intacta la capacidad de asombro.
Nadie
discute la necesidad de leer a los clásicos. Ellos constituyen la memoria viva
de la literatura; en sus páginas persisten las preguntas esenciales de la
condición humana y las formas que el lenguaje ha encontrado para nombrarlas.
Toda formación literaria seria pasa, inevitablemente, por ese diálogo con las
grandes obras.
Pero una
cosa es dialogar con los clásicos y otra muy distinta convertirlos en un
refugio. Los clásicos no fueron escritos para clausurar el porvenir, sino para
ensancharlo. Su grandeza consiste precisamente en seguir interrogando a
lectores de épocas distintas. No son cómodos por naturaleza; cómoda puede
llegar a ser la lectura que hacemos de ellos cuando el consenso histórico
reemplaza el esfuerzo del juicio personal.
Existe una
diferencia profunda entre acudir al canon para comprender mejor la literatura
contemporánea y utilizar el canon para descalificarla de antemano. En el primer
caso, la tradición ilumina el presente; en el segundo, lo oscurece. El canon
deja entonces de ser una conversación entre generaciones para convertirse en
una frontera.
Hay una
comodidad silenciosa en preferir el mármol pulido de los panteones literarios
al barro fresco donde todavía se modelan las obras de nuestro tiempo. No porque
el presente sea necesariamente superior al pasado, sino porque enfrentarlo
exige una responsabilidad que ningún manual puede asumir por nosotros. Ante un
autor contemporáneo no existe la tranquilidad del veredicto histórico. El
lector debe ejercer su propio criterio y aceptar la posibilidad de equivocarse.
Quizá por
eso algunos prefieren esperar. Confían en que el tiempo haga por ellos el
trabajo de discernimiento. Sin advertirlo, delegan en las generaciones futuras
una tarea que también pertenece a la sensibilidad del presente. Sin embargo, el
canon nunca fue una lista previa de certezas. Es, más bien, el resultado de
innumerables lecturas, desacuerdos y descubrimientos que solo el tiempo
consigue decantar.
Todo clásico
fue, antes de convertirse en patrimonio de la tradición, una apuesta incierta.
También fue un contemporáneo. Esa prevención frente a la literatura
contemporánea suele hacerse aún más severa cuando el autor publica desde la
independencia editorial o mediante la autopublicación. Con frecuencia se
supone, aunque rara vez se diga de manera explícita, que la ausencia de un gran
sello constituye un indicio de inferioridad estética, como si la calidad de una
obra pudiera deducirse de la magnitud de la empresa que la respalda. El
prestigio editorial termina sustituyendo, sin advertirlo, el ejercicio de la
lectura.
Olvidamos
entonces una verdad tan sencilla como decisiva: todos los clásicos fueron
alguna vez escritores contemporáneos. Ninguno nació revestido de autoridad.
Todos fueron desconocidos para la inmensa mayoría de sus primeros lectores;
todos escribieron sin saber si el tiempo los absolvería o los condenaría al
olvido. La historia de la literatura no fue edificada únicamente desde las instituciones,
sino también desde la obstinación de autores que trabajaron en los márgenes,
financiaron sus propias ediciones, soportaron la indiferencia de sus
contemporáneos o fueron reconocidos cuando ya no podían celebrarlo.
En un
mercado donde la visibilidad suele depender tanto de estrategias comerciales
como de criterios literarios, la edición independiente deja de ser únicamente
el refugio de quienes no encontraron cabida en los grandes catálogos. Puede
convertirse, también, en un espacio de libertad creadora, donde la obra
comparece ante el lector sin otro privilegio que su propia capacidad para
sostenerse.
Pero
conviene desconfiar del entusiasmo ingenuo. La independencia editorial tampoco
constituye un certificado de excelencia. Publicar al margen de los grandes
sellos no vuelve mejor a un escritor, del mismo modo que el respaldo de una
editorial prestigiosa no garantiza la perdurabilidad de una obra. La
legitimidad literaria continúa dependiendo del rigor con que el autor trabaja
su lenguaje, de la severidad con que revisa su escritura y de la honestidad con
que reconoce sus propias insuficiencias. La intemperie no redime la
mediocridad; simplemente permite que una voz pueda ser escuchada sin pedir
permiso antes de existir.
La
literatura no necesita menos exigencia, sino más. Lo que cambia no es el nivel
de rigor, sino el lugar desde donde ese rigor comienza a ejercerse. Ningún
sello editorial, ninguna campaña publicitaria y ningún premio pueden reemplazar
el trabajo silencioso mediante el cual una obra conquista su propia necesidad.
Toda
tradición literaria necesita lectores atentos y críticos exigentes. Sin ellos,
las obras perderían buena parte del diálogo que las mantiene vivas. La crítica
auténtica no consiste en dictar sentencias anticipadas, sino en acompañar el
difícil ejercicio de comprender una obra antes de juzgarla. Su autoridad nace
de la lectura, no del prejuicio.
Sin embargo,
existe una diferencia decisiva entre quien examina la lid y quien acepta entrar
en ella. El espectador posee la ventaja de la distancia; el creador asume el
riesgo de la exposición. Ninguna obra nace protegida por el consenso. Toda
escritura comienza siendo vulnerable.
Publicar,
especialmente desde la independencia, significa aceptar esa vulnerabilidad.
Significa admitir que el libro será leído, discutido, rechazado,
malinterpretado o, quizá, olvidado. Ninguna de esas posibilidades invalida el
acto de escribir. Al contrario: constituye la condición misma de una literatura
que aspira a dialogar con otros seres humanos y no únicamente con la
tranquilidad de un cajón cerrado.
Hay quienes
esperan a que el tiempo decida qué merece ser leído. Otros aceptan convivir con
la incertidumbre del presente. Ninguna de las dos actitudes garantiza el
acierto. Pero solo la segunda participa activamente en la construcción de la
tradición. Porque el canon no desciende terminado sobre las bibliotecas: se
forma gracias a miles de lectores que, antes de conocer el veredicto de la
historia, se atrevieron a leer por cuenta propia.
Quizá por
eso convenga desconfiar de toda profilaxis del gusto frente al presente. No
porque todo lo nuevo sea valioso, ni porque toda obra independiente merezca
reconocimiento, sino porque ninguna creación digna de ese nombre debería ser
descartada antes de haber sido leída. Toda gran literatura fue, antes que
patrimonio de la tradición, una incógnita del presente.
El tiempo seguirá pronunciando el último veredicto. Pero la responsabilidad de leer pertenece siempre al presente. Renunciar de antemano a esa responsabilidad equivale a delegar el propio juicio en una posteridad que nunca leerá por nosotros. Tal vez el mayor riesgo para el gusto no consista en equivocarse al abrir un libro nuevo, sino en perder la oportunidad de descubrir, mientras todavía es nuestro contemporáneo, a un escritor destinado a sobrevivirnos.
sábado, 27 de junio de 2026
La sombra del tiempo
En Barragán, las noches no caen... se derraman. Y
hay quien dice que algunas calles no terminan donde deberían, sino donde la
vista empieza a dudar. Yo no creía en esas cosas hasta aquella semana en la que
el pueblo parecía más vacío de lo normal, como si la gente hubiera aprendido a
desaparecer sin hacer ruido.
Volvía tarde por una de las cuestas que suben
hacia las casas altas. No había música, ni perros, ni ese murmullo leve que
siempre queda incluso en el silencio. Solo mis pasos y algo más, justo detrás,
manteniendo la misma distancia exacta, como si supiera contar.
La primera vez pensé que era el eco. La
segunda, que era el cansancio. La tercera vez me paré. El sonido también se
paró. Seguí andando más despacio. Y entonces lo vi: una figura apoyada contra
la pared, demasiado quieta para ser alguien que espera, demasiado atenta para
ser alguien que no busca nada. No parecía esperar a nadie, y eso fue lo peor.
Había algo en aquella quietud, algo seco, como
si llevara demasiado tiempo allí… mirándome antes incluso de verme. Aquello no
parecía tener prisa, ni historia. No vi su cara, pero sí la sensación de que me
reconocía. Aceleré sin correr, como hacen los que no quieren admitir miedo.
Las calles se fueron estrechando, o quizá era
yo el que las estaba perdiendo. Y cada esquina que giraba parecía devolverme al
mismo sitio, aunque sabía que no era el mismo. Cuando llegué a la plaza, el
aire cambió, y el reloj del caserío marcó una hora que no recuerdo haber
oído antes. Me giré una vez más. Ya no había figura... solo la certeza de que
algo había caminado conmigo sin necesidad de tener cuerpo todo el tiempo.
Desde entonces, en Barragán, evito volver solo por ciertas calles cuando la luz se rompe demasiado pronto. Porque aprendí una cosa sencilla: no todo lo que te sigue quiere alcanzarte. Algunas cosas solo quieren que sepas que pueden hacerlo.
sábado, 20 de junio de 2026
La fila después de la fila
Cuando completó el último
requisito, Efraín celebró en silencio. No hubo fiesta ni brindis. Simplemente
tomó un lápiz rojo y trazó una línea sobre la última casilla de un cuaderno
donde llevaba cuarenta años anotando fechas importantes. Había cumplido la
edad. Había cumplido las semanas. Había cumplido. Aquella noche durmió con una
tranquilidad desconocida. Por primera vez en décadas no tuvo que calcular
cuánto faltaba para llegar al final. Al despertar, sin embargo, encontró una
carta bajo la puerta.
«Debe
esperar.»
Pensó que se trataba de un
error. Fue a la oficina correspondiente. Allí descubrió una fila tan larga que
se perdía detrás de las montañas.
—¿Esta es la fila para la
pensión? —preguntó.
—No —respondió una mujer de
cabello blanco—. Esa fila ya terminó.
—Entonces, ¿qué esperamos
aquí?
La mujer levantó los hombros.
—Que reconozcan que
terminamos la fila anterior.
Efraín observó a los
presentes. Había obreros, enfermeras, conductores, secretarias y maestros. Todos
tenían la misma expresión de cansancio. Todos cargaban carpetas. Todos
aseguraban haber llegado al final de algo. Los días pasaron. Después los meses.
Luego los años.
La fila avanzaba tan poco que
algunos envejecían antes de alcanzar la siguiente ventanilla. Un hombre llegó
caminando con bastón y, mientras esperaba, necesitó una silla de ruedas. Cuando
finalmente fue llamado, sus hijos acudieron a escuchar la respuesta porque él
ya no podía levantarse. A veces aparecían funcionarios que entregaban nuevos
formularios. La fila celebraba. Aquello significaba movimiento. Sin embargo,
cada formulario daba origen a otra fila más pequeña que desembocaba nuevamente
en la principal.
Efraín empezó a sospechar que
el sistema entero estaba construido por personas que jamás habían hecho una
fila. Una tarde observó algo extraño. Los viejos que desaparecían de la fila no
regresaban a sus casas. Tampoco llegaban a las ventanillas. Simplemente se
desvanecían. Como si el tiempo los borrara. Alarmado, preguntó a un anciano que
esperaba delante de él.
—¿Qué ocurre con quienes
desaparecen?
El hombre señaló el cielo. Entonces
Efraín vio algo que nadie parecía notar. Muy arriba flotaban miles de relojes. Relojes
de bolsillo. Relojes de pared. Relojes de pulsera. Todos detenidos. Cada vez
que alguien desaparecía, uno de aquellos relojes se encendía y comenzaba a
girar lentamente entre las nubes.
—¿Qué significa eso?
—preguntó.
—Es el tiempo que les debían
—contestó el anciano—. Cuando ya no pueden entregárselo a la persona, lo
devuelven al aire.
Efraín levantó la vista. Miles
de años giraban sobre el mundo. Madrugadas no vividas. Viajes aplazados. Libros
sin leer. Nietos que crecieron durante la espera. Siestas prometidas. Conversaciones
pendientes. Todo flotando sobre las ciudades como una segunda atmósfera. Aquella
noche abandonó la fila. Los demás intentaron detenerlo.
—¿Y la pensión?
Efraín sonrió. Por primera
vez en mucho tiempo parecía tranquilo.
—La seguirán peleando los
abogados.
—¿Y usted?
Efraín observó los relojes
suspendidos.
—Yo voy a recuperar por mi
cuenta el tiempo que todavía no me han quitado.
Y se alejó caminando. A su espalda, la fila continuó creciendo. Al frente, en cambio, lo esperaba una mañana que no tenía formularios, sellos ni ventanillas. Una mañana común. Que era precisamente lo que había estado esperando durante cuarenta años.
sábado, 13 de junio de 2026
Estación III
El hombre llegó a la estación
poco antes del anochecer. El último tren lo dejó frente al edificio y
desapareció levantando una nube de polvo gris. Durante varios segundos observó
cómo las luces traseras se hundían en la oscuridad de la calle vacía; después,
quedó solo.
La terminal llevaba años
abandonada. Eran dos estructuras alargadas y deslucidas que se caían a pedazos
frente a una plazoleta desierta. Las ventanillas estaban cubiertas por tablones
húmedos y el óxido avanzaba sobre los rieles como un padecimiento silencioso.
Detrás de los edificios comenzaba el bosque: una pared vegetal inmensa,
inmóvil, demasiado oscura para aquella hora. El guardián apareció desde el
fondo del corredor, arrastrando una pierna con un quejido seco.
—Si escucha que lo llaman, no
conteste —dijo.
Luego dejó una llave sobre un
tablero y se desvaneció en la penumbra. El hombre quiso preguntarle algo, pero
el viejo ya no estaba. La oficina de tiquetes olía a madera mojada y a encierro.
Había un escritorio angosto, una silla y una ventana orientada hacia la
espesura. Desde allí, los rieles se perdían entre árboles gigantescos cubiertos
de lianas, como si entraran en otro tiempo. Mientras acomodaba su equipaje,
escuchó un silbato. Un silbato de tren, leve y distante. Miró por la ventana.
Afuera no había nada; los rieles estaban muertos. Sin embargo, minutos después
volvió a escucharlo, esta vez más cerca.
El cansancio lo hacía cabecear
por momentos, pero cada cierto tiempo lo despertaban unos pasos en el corredor:
lentos, arrastrados, deteniéndose exactamente frente a su puerta. A las dos de
la madrugada, alguien golpeó tres veces. El hombre permaneció inmóvil. Los
golpes regresaron, seguidos de una voz.
—Abra.
Era una voz seca, quebrada, como
pronunciada con la garganta llena de tierra. El hombre no respondió. De pronto,
la manija comenzó a bajarse lentamente. Sintió un vuelco en el estómago al
recordar que había puesto el seguro, pero el cerrojo empezó a girar solo.
Retrocedió hasta la ventana. El bosque parecía más cercano. Mucho más cercano.
Las ramas ya rozaban las paredes de terracota y, entre los árboles, creyó ver
figuras inmóviles observándolo. No eran personas; eran siluetas demasiado altas
y oscuras. El seguro terminó de girar y la puerta se abrió apenas unos
centímetros. Un olor espeso y podrido inundó la oficina.
El hombre empujó la ventana y
saltó. Cayó sobre los matorrales y comenzó a correr desesperado. Las ramas le
golpeaban el rostro y las raíces lo hacían tropezar, pero siguió avanzando
mientras detrás de él resonaba el silbato, cada vez más fuerte. No entendía
cómo podía haber un tren allí si las vías estaban muertas. Entonces los vio.
Aparecieron entre la vegetación, brillando húmedos bajo la luna: rieles nuevos,
recién pulidos.
El silbato volvió a sonar, esta
vez a sus espaldas. Al girarse, el tren salió de la oscuridad sin hacer temblar
la tierra. Avanzaba despacio, demasiado despacio, sin luces, con las ventanas
repletas de sombras quietas. El hombre quiso apartarse, pero descubrió que sus
pies se hundían. Miró hacia abajo. No era barro; eran decenas de manos
vegetales emergiendo de la tierra, sujetándole con fuerza los tobillos. El tren
se detuvo frente a él y una de las puertas se abrió. Allí, sentado junto a la
ventana, estaba el guardián. Sonreía con los ojos completamente blancos.
—Le dije que no contestara.
Entonces el hombre comprendió la terrible verdad. No había llegado a ninguna estación; el tren lo había traído desde el principio.
sábado, 6 de junio de 2026
La función secreta
Entraron tomados de la mano, pero se soltaron en cuanto el mesero se dio la vuelta. Durante veinte minutos, los capuchinos fueron los únicos protagonistas. Ellas, las tazas, se movían de izquierda a derecha sobre la mesa de madera, buscando una luz que no dependiera del sol, sino de la pantalla. Ellos ensayaron encuadres, inclinaciones y distancias, congelando el rostro en una mueca de complicidad ensayada que se apagaba de golpe en cuanto el obturador hacía clic. Ni una sola sonrisa sobrevivió un segundo más allá de la captura.
Teclearon en silencio, apurados, editando la
calidez que el ambiente no tenía. Subieron la última historia, pagaron la
cuenta y se marcharon dejando las tazas intactas, con la espuma ya fría y
desinflada.
Afuera, la tarde real seguía su curso, hermosa y
desatendida. Ellos ya iban lejos, atrapados en el estreno de un avance
promocional para una película a la que nunca entraron a ver.
viernes, 29 de mayo de 2026
Mecánica de fluidos
En la sala
de espera de la clínica, los minutos morían a cuentagotas. Ella entró rompiendo
la tregua del tedio: una mujer madura, de andar común, pero con un pecho
generoso que vibraba bajo la blusa con una urgencia casi sísmica, a punto de
desbordar el escote.
Él no pudo
evitarlo. La devoró con la mirada, imaginando el instante exacto en que esa
gravedad contenida finalmente ganara la batalla y los botones salieran
disparados como proyectiles. Sostuvo el examen con la insolencia del que se
cree invisible detrás de sus propios deseos.
Ella lo
atrapó en el acto. Se detuvo, lo miró de frente y le dedicó una sonrisa tan
bella como piadosa.
Luego, con
absoluta parsimonia, se acomodó el estetoscopio en el cuello, tomó la Historia clínica de él y, antes de
hacerlo pasar al consultorio, le dijo:
—Muy bien,
caballero. Vamos a ver si ese corazón suyo resiste la presión.
martes, 26 de mayo de 2026
jueves, 21 de mayo de 2026
El peso de los astros
Hiparco pasó la
mitad de su vida calibrando telescopios, buscando en la infinitud del cielo
nocturno una respuesta que justificara su tremenda pequeñez. Decía que mirar el
firmamento era una forma de cartografiar el olvido. Anotaba órbitas, medía el
brillo agonizante de supernovas extintas hacía milenios y se obsesionaba con el
vacío insondable que separaba un destello de otro. Para él, la belleza solo
existía en lo inalcanzable.
La ceguera llegó sin dramatismo, como un crepúsculo lento que terminó por borrar los anillos de Saturno y las nubes de Magallanes. Con el universo cancelado tras sus párpados, Hiparco se recluyó en el patio trasero de su casa, convencido de que su existencia carecía de coordenadas.
Fue un martes de
otoño cuando el orden de sus cosmos particulares cambió. Al tropezar cerca del
pozo, cayó de manos sobre la tierra húmeda. Presionó las palmas contra el suelo
para incorporarse, pero se detuvo. Entre sus dedos abiertos se erguía una
pequeña comunidad de briznas de hierba.
Cerró los ojos con más fuerza, conteniendo el aliento. En la simetría de esa minúscula estructura vegetal descifró la misma geometría sagrada que gobierna el giro de las galaxias. La brizna no imitaba al universo; lo contenía. Aquella materia verde y callada realizaba el mismo esfuerzo monumental para existir que la estrella más colosal del firmamento.
Hiparco sonrió en la oscuridad. Ya no necesitaba mirar hacia arriba. Sentado en el lodo, supo que el camino recorrido por los astros terminaba, con idéntica gloria, justo debajo de sus manos.
sábado, 16 de mayo de 2026
Negativo en reverso
El fotógrafo callejero planta las tres patas de madera sobre el andén. Ajusta la lente con un giro seco y limpia el vidrio con la manga. Pasa un tipo con camisa de flores. El minutero calcula la distancia y hunde el gatillo. Clic.
Mete la mano en la manga de tela negra del cajón. Tantea a ciegas, pero los dedos tropiezan con algo viscoso y frío que no es el frasco del revelador. Saca el brazo de golpe: un hilo de líquido negro, con olor a lodo de río, le mancha la muñeca.
En el andén, el de la camisa de flores planta el zapato blanco para dar el siguiente paso, pero el pie no baja. Se queda suspendido en el aire. Intenta apoyar el peso, pero el cuerpo se le va hacia adelante, ingrávido, mientras las solapas anchas flotan alrededor de su cuello como alas pesadas.
A pocos metros, el de la camisa geométrica se frena en seco. El estrépito de los buses se apaga. El camión del fondo se detiene y los transeúntes empiezan a caminar hacia atrás, en un reverso perfecto y silencioso. El hombre se mira el pecho: el patrón abstracto de su ropa empieza a desprenderse de la tela, flotando en el aire como piezas de un rompecabezas roto.
El fotógrafo, con el pulso temblando, pega el ojo al visor de la caja. En el vidrio ya no está la calle. Se ve a sí mismo, de espaldas, caminando por esa misma acera hacia un lente que lo espera cincuenta años en el futuro.
martes, 12 de mayo de 2026
Narrar desde la grieta cotidiana
Narrar desde la grieta: aproximación a Cuentos es lo que hay (Fragmento)
sábado, 9 de mayo de 2026
viernes, 8 de mayo de 2026
La anatomía del miedo
La sala de espera olía a
antiséptico, desinfectante y cansancio. Sobre las baldosas rojizas se
deslizaban sombras de piernas, muletas y zapatos húmedos. Nadie permanecía
completamente quieto allí, pero el hombre alto convertía su inquietud en un
espectáculo involuntario. Iba y venía frente a las bancas metálicas. Por
momentos se sentaba apenas unos segundos; enseguida volvía a levantarse como si
el cuerpo le rechazara la quietud. Medía casi dos metros y, bajo la camiseta
sin mangas, los tatuajes le cubrían los brazos con figuras negras y ondulantes.
Desde lejos parecía que un pulpo enorme hubiera trepado sobre él.
Los tentáculos nacían cerca de
los hombros, descendían en espirales por los bíceps y continuaban más abajo,
prolongándose hacia las piernas semi descubiertas por un pantalón corto. Las
líneas oscuras daban la impresión de moverse cada vez que caminaba. Cuando
flexionaba los músculos, los tentáculos parecían contraerse. Cuando abría las
manos, parecía que la criatura extendía sus ventosas invisibles sobre la sala
entera. Una niña escondió el rostro en el regazo de su madre. Un anciano dejó
de leer para seguirlo con la mirada. Y, sin embargo, pese a aquella apariencia
de monstruo marino escapado de una pesadilla, el hombre estaba aterrado.
Miraba constantemente la puerta
blanca donde un letrero decía: “Consultorio de curaciones”. Cada vez que
alguien salía con gasas o vendas, él tragaba saliva. Se pasaba la lengua por
los labios resecos. Sus dedos —grandes, tatuados hasta los nudillos— temblaban
ligeramente. De pronto apareció la auxiliar de enfermería. Pequeña, delgada,
casi frágil frente a aquella mole cubierta de tinta.
—Señor Teobaldo Aníbal Rodríguez…
sigue usted.
El hombre quedó inmóvil. Por un
instante los tentáculos tatuados parecieron tensarse sobre la piel de sus
brazos. Dio un paso hacia adelante. Luego otro. El brillo del sudor le cruzó la
frente. Entonces ocurrió. Los ojos se le vaciaron de golpe. El gigante osciló
como un árbol enfermo. Intentó sostenerse de la banca, pero sus manos
resbalaron. Cayó pesadamente sobre las baldosas mientras los tentáculos negros
de los tatuajes parecían desparramarse por todo el cuerpo, como si el pulpo
hubiera abandonado finalmente el mar para morir sobre tierra firme. La niña
gritó. La auxiliar corrió hacia él.
—¡Traigan una camilla!
Entre varias personas intentaron
moverlo. El hombre respiraba, aunque tenía el rostro descompuesto por un miedo
casi vergonzoso. Minutos después abrió los ojos lentamente.
—¿Ya pasó? —preguntó con voz
débil. La auxiliar sonrió.
—Todavía no le hemos hecho nada.
Y en aquel instante, mientras el
gigante tatuado cerraba los ojos otra vez con resignación, toda la sala
comprendió que incluso los hombres que parecen criaturas del abismo pueden
desmoronarse ante una simple gasa humedecida con alcohol isopropílico.
viernes, 1 de mayo de 2026
El veredicto del cartón
Tras leer el informe de la Universidad de Colorado, Aurelio no vio un rollo de papel, sino un nido de seis mil francotiradores microscópicos
Orgulloso de su victoria sobre los estafilococos, tiró con fuerza para obtener su merecido cuadrado higiénico
jueves, 23 de abril de 2026
Bajo la lámpara de los hombres graves
—Le dije que no iba a venir solo
—murmuró el hombre calvo, inclinándose sobre la mesa.
El joven alzó la vista, tenso.
—Yo cumplí. Traje el dinero. Ahora
díganme dónde está mi hermano.
El anciano de la derecha dio una larga
calada al cigarrillo.
—La juventud siempre confunde pagar
con mandar.
—No jueguen conmigo —replicó el
muchacho, apretando los puños—. Ya hicieron bastante.
El hombre de espaldas acomodó
lentamente los billetes sobre el mantel.
—Falta una parte.
—¡Ahí está todo!
—No —dijo el calvo, casi en un
susurro—. Falta lo más caro: su silencio.
El joven tragó saliva.
—¿Qué quieren que haga?
El anciano sonrió sin alegría.
—Nada heroico. Mañana dirá que nunca
nos vio, que esta noche estuvo en casa y que su hermano se marchó por voluntad
propia.
—Eso es mentira.
—La verdad —intervino el de espaldas—
vale menos que esos billetes.
Hubo un silencio pesado. La lámpara
zumbó sobre sus cabezas.
—Si me niego... —preguntó el joven.
El hombre calvo se enderezó despacio.
—Entonces el próximo asiento vacío en esta mesa será el suyo.
sábado, 18 de abril de 2026
Detenida
Quedé atrapada antes de doblar la esquina. La fila
de carros no avanzaba y al principio pensé que se trataba del semáforo o de un
choque menor. Luego escuché los gritos. No eran gritos de pelea, sino voces
reunidas en una sola exigencia. Apagué la radio.
Delante de mí la calle estaba tomada por
trabajadores con pancartas, banderas y chalecos de sindicato. Algunos
levantaban carteles escritos a mano; otros repetían consignas con una
disciplina que me sorprendió. Leí frases sobre salarios, despidos, derechos incumplidos.
Yo había visto esas palabras en titulares o en informes, pero nunca tan cerca,
dichas por personas de carne y cansancio.
No podía avanzar. La multitud llenaba toda la vía. Debí
impacientarme. Tenía prisa, una reunión pendiente, llamadas sin responder. Sin
embargo, me quedé mirando. Había algo en aquella energía colectiva que
desarmaba mis horarios. Observé los rostros sudados, la rabia organizada, la
convicción con que algunos sostenían una tela vieja como si sostuvieran el
mundo. Entonces lo vi.
Estaba en la acera, quieto, mirando más que
gritando. No parecía uno de ellos ni alguien ajeno del todo. Tenía una
expresión extraña: como si reconociera en aquella protesta algo antiguo y
personal. Nuestros ojos se encontraron. Sentí el impulso absurdo de decirle
algo, cualquier cosa, como si ya lo conociera. Creo que murmuré: “No mire desde
afuera”. No sé si me oyó.
Se abrió un espacio entre la gente. Arranqué. Mientras me alejaba, el ruido de la protesta siguió conmigo varias cuadras, pegado a los vidrios, entrando por las rendijas del carro. Llegué tarde a la reunión. Cuando me preguntaron por la demora, respondí con la primera excusa que encontré. No dije que, por unos minutos, había visto una ciudad que no sale en los mapas.




















