Dedicado a CGGH
Después de seleccionar la
premisa formal, el guionista se dispuso a escribir las acciones subordinadas de
su historia, pero el personaje principal pereció por causa de una coma criminal
que se escabulló en el texto.
Dedicado a CGGH
Después de seleccionar la
premisa formal, el guionista se dispuso a escribir las acciones subordinadas de
su historia, pero el personaje principal pereció por causa de una coma criminal
que se escabulló en el texto.
Lo dijo
sin levantar la voz, como quien dicta una verdad administrativa:
—El
problema contigo es que hablas como si fueras alguien; luego descubren que no
eres nadie y se decepcionan.
Asentió.
Al día siguiente, cuando desapareció de todos los registros, las alarmas se
activaron, los noticieros interrumpieron la programación y el país entero
preguntó por él.
Nadie
supo explicar cómo la ausencia de un don nadie podía dejarlo todo en ruinas.
FUNCIONARIO
—Firme aquí.
HOMBRE
—¿Para qué?
FUNCIONARIO
—Para continuar.
HOMBRE
—¿Continuar qué?
FUNCIONARIO
—Lo que ya empezó.
(Pausa. El Hombre firma.)
HOMBRE
—¿Y ahora?
FUNCIONARIO
—Ahora debe esperar.
HOMBRE
—¿Cuánto?
FUNCIONARIO
—Eso depende de usted.
HOMBRE
—¿De mí?
FUNCIONARIO
—De que deje de preguntar.
(Pausa larga.)
HOMBRE
—¿Puedo irme?
FUNCIONARIO
—Desde luego.
(Pausa)
Pero entonces tendría que empezar.
Cuando
terminó la visita, se despidieron de los dueños de la casa. Por el entusiasmo
de la tía soltera y fisgona, cayeron en la cuenta de que los dos caminaban
hacia la salida muy juntos, como en los primeros galanteos y en los pasos iniciales
de un romance: las manos se buscan sin atreverse del todo, los brazos se rozan
y las miradas se encuentran en silencio.
Nadie
quiso romper el momento. La tía sonrió con malicia; los dueños intercambiaron
una mirada cómplice.
Solo al cerrar la puerta recordaron —demasiado tarde— que habían llegado así, tomados de la mano, para acompañarse al entierro del marido de ella.
Ella desactivó el blindaje de su traje táctico y
desconectó las interfaces neuronales. Las prendas de nanotecnología se
retrajeron como una segunda piel, dejando al descubierto los circuitos de neón
que recorrían su columna. Ya no era un soldado del Sector 7, ni una base de
datos; era solo biomasa y pulsos eléctricos buscando refugio.
Él la recibió sin necesidad de escaneo. En el
silencio de la estación orbital, mientras la Tierra brillaba a lo lejos como un
diamante roto, comprendieron que ningún software de simulación podría replicar
lo que sentían. Se despojaron del metal y el cristal, quedando vestidos
únicamente de carbono y ternura.
El mapa amaneció distinto, aunque nadie había
movido fronteras. En las pantallas, un hombre sonreía y hablaba de conquistar,
no de adquirir; de dominar, no de proteger. Mencionaba seguridad, rutas
nuevas bajo el hielo, minerales que —decía— salvarían al mundo.
En Groenlandia, el hielo se abría como un archivo
antiguo. En Canadá, los bosques escuchaban palabras que ya conocían. No hubo
invasión: llegaron contratos, bases «temporales», banderas sin himno.
La gente siguió su vida. El mar aprendió nuevos
nombres. Cuando cayó el primer misil, los mapas ya no importaban: el territorio
había sido conquistado mucho antes, palabra por palabra.
El viernes nos creíamos algo; el lunes, una coartada.
El viernes se iba rápido, como
si el tiempo los empujara. No había maletas: solo una mirada, un adiós
apremiante, un guiño automático de quien ya está llegando a otra parte. Antes
de irse, él se acercaba y le hablaba al oído, no para confundirla, sino para
hacerla estremecer.
Ella tan solo alcanzaba a reaccionar
diciéndole:
—Déjame un beso que me dure
hasta el lunes.
Aquella petición suya no era un consuelo
ni una despedida: era pacto. Algo que debía sostenerse a distancia, como una
promesa mal formulada. A veces se buscaban con alguna excusa para quedarse un
poco más: un café innecesario, un informe de último momento, la ilusión de que
el tiempo podía aplazarse.
El fin de semana no traía
descanso. Era un territorio sin pruebas donde el beso se gastaba de tanto
pensarlo. Servía para callar las sospechas, para llenar el silencio que dejaba
la ausencia, para creer que el lunes sería regreso y no repetición.
Con el tiempo, él entendió que
el encuentro prometido era la forma más cuidadosa del engaño: no mentía el
beso, mentía lo que esperaban de él.
El lunes llegaba. Y entonces entendían que el beso no había sido para durar, sino para ensayar la pregunta de siempre: cuánto se habían extrañado el fin de semana.
El perro se llamaba Coronel. Vivía atado a un poste, detrás de la cocina. Era negro, de gran tamaño, de ojos amarillos atentos. Enseñaba los dientes a los extraños como quien cumple una tarea antigua. Cada día recibía un plato abundante de sopa de maíz con vísceras, que comía despacio, sin levantar la mirada.
Nunca rompió la cadena, aunque podía. Nunca atacó sin razón. En él, la fuerza no humillaba ni la valentía buscaba sangre: tenía todas las virtudes del hombre y ninguno de sus vicios.
Los viejos murieron. La casa quedó vacía. Nadie soltó al perro guardián. Podía romper la cadena. No lo hizo. Podía morder. No lo hizo. Podía irse. No lo hizo. Coronel siguió cuidando la casa.
La cadena también.